No supe que tenía roto el corazón hasta que salió de la casa como un rayo y, sin vacilar, cruzó la calle buscando el rojo del semáforo.
Cada uno de los peldaños que sube hacia la casa es una metáfora de lo que falta por vivir. Nadie cierra la ventana del último descansillo, que siempre está abierta.
Mi pez me mira con ojos de globo-sonda. Intenta adivinar el porqué de esta cicatriz interminable que me cruza el pecho desde que la puerta se cerró de golpe. Mientras le doy de comer se lo explico en bocanadas, pero no me entiende. Ese interrogante en su cara terminará por devorarlo. Como a mí.
En la estantería sólo había antiguos juguetes de metal pintado y una caja enorme de tiritas de tela. Allí todo estaba previsto. Todo, menos el sonido de las campanas del carrillón del final del pasillo.
Me quedo con la noche, con lo primario, con lo despojado de la vanidad y de las frustraciones ahogadas. Me quedo con las lágrimas, con la reacción incontrolada y con los vómitos de angustia en brazos de otros. La pose prefabricada, la del pleno sol suele agrietarse en cimientos y, al final, termina por caer... Prefiero lo natural aunque, hoy por hoy, no se lleve.

