No supe que tenía roto el corazón hasta que salió de la casa como un rayo y, sin vacilar, cruzó la calle buscando el rojo del semáforo.
Cada uno de los peldaños que sube hacia la casa es una metáfora de lo que falta por vivir. Nadie cierra la ventana del último descansillo, que siempre está abierta.
Mi pez me mira con ojos de globo-sonda. Intenta adivinar el porqué de esta cicatriz interminable que me cruza el pecho desde que la puerta se cerró de golpe. Mientras le doy de comer se lo explico en bocanadas, pero no me entiende. Ese interrogante en su cara terminará por devorarlo. Como a mí.
En la estantería sólo había antiguos juguetes de metal pintado y una caja enorme de tiritas de tela. Allí todo estaba previsto. Todo, menos el sonido de las campanas del carrillón del final del pasillo.
Me quedo con la noche, con lo primario, con lo despojado de la vanidad y de las frustraciones ahogadas. Me quedo con las lágrimas, con la reacción incontrolada y con los vómitos de angustia en brazos de otros. La pose prefabricada, la del pleno sol suele agrietarse en cimientos y, al final, termina por caer... Prefiero lo natural aunque, hoy por hoy, no se lleve.

~Y yo que puedo decir... Yo cazo lo que escribes, lo mastico, lo rumio, lo digiero y luego lo devuelvo para masticarlo un poco mas. Ahh Mujer que me acompañas por las agujas del reloj.
Publicado por: Oz | 30 de noviembre de 2007 en 12:18
¿Qué sabe un pez? Pregúntale mejor al gato. Astuto animal que solo ha de ponerte atención si eso es lo que mereces o necesitas. En caso contrario pregúntale a un perro. Fiel confidente de todos aquellos que han perdido un tiempo. Si todo esto falla. Espera que ya llegara la respuesta.
Publicado por: El Diablo Des. | 25 de enero de 2008 en 20:36
tal vez dejaría de alimentar ese corazón por un breve tiempo, hasta que aprenda a buscar su propio alimento no crees Marissa?
saludos
Publicado por: JosedeNoche | 1 de julio de 2008 en 22:45