Tarán..
Tiene una extraña manera de exhalar interminables bocanadas de humo y, cuando ya casi no le queda gota de aire en los pulmones, tararea entre dientes con los ojos perdidos.
Quizá sean los torbellinos de niebla que inundan el local, pero yo nada más puedo verlo en blanco y negro. Tal vez él sólo es posible así, al estilo de las películas de los cincuenta, de buenos y malos, de gángsteres y policías. Y eso que él no parece gángster ni policía, ni bueno ni malo. O mejor dicho, no del todo. La dicotomía, en su caso, está en la mirada que esconde tras los mechones azabache que se le desmayan más allá de los hombros. Mirada blanca, tan sólo a veces.
Hay días convencionales. Aparentemente transparentes. De sonrisa larga a media tarde. Sonríe a la puta de turno que le mira con ojos de princesa enamorada. O a la amiga que esconde su cobardía bajo un disfraz imposible para conseguir tan sólo un par de caricias huecas y un viaje de minutos fuera del aburrimiento cotidiano. En esos días la sonrisa se le derrama entre las comisuras cuando entra y llena el espacio con su figura enorme, excesiva, enfundada en la gabardina negra que en tantas apuestas hemos intentado ganarle, primero la muerte y luego yo. Sonríe cuando busca la mesa del rincón y cuando me pide, descolgando el brazo de la cintura que toca esa vez, dos vodkas con limón bien cargados y un platillo de almendras amargas encostradas de sal. Metáfora que me avisa de que tampoco en esa ocasión podré ganarle. Me dijo hace tiempo que ninguna de ellas es la que ha de ser, pero le pierde la vanidad o el saberse ocupando un espacio, cualquiera, con tal de no estar sólo.
A mi me gustan sus noches de mirada oscura, profunda como los surcos de su piel, que más que surcos son heridas enquistadas. En esas noches, a solas en su mesa, clava las pupilas en la botella de vodka o de ron o de lo que sea que le haga no sentirse, mientras su mano gigante redibuja la etiqueta una y otra vez convirtiéndola en pentagrama de su angustia. Y tararea blues que no son de John Lee Hooker. Blues que sólo él descifra. Enigmas cósmicos que le emanan de las vísceras y que constantemente retiene entre los dientes para realimentarse de lo que ya no tiene dentro.
Desde la barra veo cómo se va deshilachando en una especie de quejido silencioso que le deforma el gesto y le abstrae en algún pensamiento que no adivino. Hasta que deja de tararear y me mira cómplice guiñándome un ojo.
Entonces se levanta y se va, fundiéndose en negro hacia el fondo de donde vino.

A veces la temática principal entre los juegos etéreos que flotan en la atmósfera es querer vislumbrar lo que los demás queramos que observen.
Me gusta mucho como escribes, Marissa. Siempre has sido alguien que me acapara con letras =)
Espero nos veamos pronto, porque tiene mucho que no sé de tí.
¿Cómo estás? Espero que bien.
Yo ando por aquí, como la noche en la que he vagado. Pero sin mortificarme en ella.
Buenas noches aquí, buenos días allá.
Atte: Diego
Publicado por: Darkness | 9 de julio de 2007 en 7:53
no obstante...la sensación de ser observado trasciende por el hecho de que la magia y la lucidez nos embriaga bajo un misticismo llenos de anécdotas y subjetividades.
Me encanto tu texto marissa, espero que estes chevere =)
Publicado por: JosedeNoche | 1 de julio de 2008 en 22:53