Entonces miraba a mi alrededor y comprobaba que, a pesar de todo, los demás soñaban tranquilamente. Durante un tiempo estuve investigando y pude observar que a algunos les nacía una suerte de espejismo espontáneo sin darse cuenta, como en un chasquear de dedos, décimas de segundo antes de cerrar los ojos. Estaban locos. Otros rebosaban delirios hasta despiertos aunque, la verdad, delirios de calidad cuestionable. Estaban tan llenos, que les escurrían por la frente cada vez que recostaban la cabeza.
Una noche, envuelto en impotencia, estuve a punto de robar uno de esos sueños. Generalmente, los que se escurrían rodaban por la sala durante horas, enredados entre las patas de las cucarachas y los ratones que nos hacían compañía. Pero cualquier ser vivo que no fuera humano tenía allí una vida efímera y casi nunca llegaba al final del día, salvo como guarnición de la raquítica cena que nos esperaba. Liberados entonces de las idas y venidas por el corredor, los sueños quedaban enganchados en las pelusillas que se acumulaban entre baldosa y baldosa. Allí se desperdiciaban durante horas y, a la mañana siguiente, ya eran sólo alimento de la implacable aspiradora industrial.
Aun así, no pude robar ni uno solo de aquellos sueños. Desistí porque, cuando alargué la mano, me dio como un calambre de coherencia. Se suponía que aquello era intransferible y ¿cómo demonios iba yo a soñar eso, así de fácil, sin un maldito antecedente? Mi frustración era tan grande que me volví insecto enroscado en mí mismo, pero calculé mal: me dejé el caparazón dentro y el exterior en carne viva. Era cuestión de tiempo acostumbrarse y, como tiempo era de lo único que yo disponía, dejé la rabia a un lado y seguí mirando.
Los nuevos inquilinos del corredor, al principio, siempre tenían problemas. Su sueño se mojaba con facilidad y, cuando ocurría eso, ya no les valía. Ni a ellos ni a mí. Así que buscaban uno diferente cada vez que lloraban hasta que, como a todos, se les secaban los lacrimales, se hacían fósiles y entonces ya, por fin, podían guardar su liofilizado y dejarlo a la espera, aunque sin saber bien de qué.
Ellos, todos, distraídos en la piedra que alimentaban, salieron por sorpresa.
Yo estoy trazando un plan para destripar la aspiradora…
Equilibrista M.
