Imaginaba el gesto. El momento en que el cristal ha de romperse. La gárgola convertida en latido tras el beso y el murmullo liberados. También pensaba en el cuchillo insolente. En la amenaza por acabarme en pedazos. Mientras tanto, la madrugada se me ha hecho acuarela y empieza a empapar, sigilosa, este ansia inexplicable por la medianoche de tu espacio.
No sigo más, pues ya me sangran estos labios masticados de ausencia.
Tu cuerpo de infinita distancia,
un pedazo de tu olor
entre mis dedos,
medir tus rincones despacio,
acomodar la noche entre tu piel.
Todo este rito del que nos asimos
como un talismán
a la hora de la muerte.
Empiezo a volar,
empiezo a definirte ahora
y de tanto nombrarte sombras
me quedé ciega,
tatuada en los ojos de tu nombre.
Ritmo silencioso,
monotonía de tragedias
que se cantan,
tambor sonámbulo
hacia su dios de carne.
Alejandra Castro
Equilibrista M.

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