Juego 5º

Desnudolio_3

I. descansa a mi lado. Cerró los ojos después de posar su mano sobre mi pubis húmedo y palpitante, agonizante tras el orgasmo que me provocó su boca. Pero I. no duerme. Ronronea en mi oído y enreda juguetón sus dedos en el vello de mi sexo. Me da tirones y me hace sonreír. Entonces abre los ojos, me mira perezoso y los vuelve a cerrar mientras con voz lánguida me dispara en súplica: ”uno más... dame uno más...”.

Hinco mis dientes en sus labios antes de que termine y compruebo una vez más que no son de este mundo. El olor de mis jugos aun permanece en su sonrisa. Aspiro ansiosa y me lo bebo entero desde la frente hasta la uña del pie. Porque llegados a este punto, I. ya no es más que solución acuosa que me diluye y me precipita.

Sorbo, succiono, trago, me empapo de él debilitando las uniones de mis átomos hasta que, de un solo giro y a traición, me sube a su vientre, empuja mis caderas y me atraviesa.

Entonces yo aúllo en estertor. En rabia y sollozos que cargan sus armas para hacer que me derrita o me desintegre desde dentro, mirándome descarado con sus ojos de neón aguamarina. Él me desafía y yo me rebelo acudiendo, en olas suicidas, hacia la muerte.

Al rato, I. vuelve a mirarme con los ojos cerrados. Esta vez para desmayarnos de sueño entre los pliegues mientras su mano, sorprendentemente, deja de existir en algún punto entre el lóbulo de mi oreja y mi pezón izquierdos.

Juego 4º

Juego_42_1

Había noches en las que emborracharse a besos no era suficiente. ¿Recuerdas? Teníamos que incrustarnos el uno en el otro como si fuéramos la carne y el mechado, una vez tú, una vez yo, porque el frío —o la ansiedad— hacían que nos castañetearan los dientes y que los labios se nos pusieran morados. Recuerdo eso más que las innombrables canciones que tanto te gustaban y que atronaban la casa. O que el calor fugaz del café. Café amargo para noches dulces, pero heladas, donde las mañanas no existían más que para encender la chimenea y regresar al sabor de la piel mientras todo se calentaba sólo en tres o cuatro metros a la redonda.

Guardo imágenes. Tú, embutido en tela, embadurnando los lienzos que se desperdigaban por el suelo de dos cuartos más allá. Lienzos blancos colocados estratégicamente como los dientes de una inmensa boca abierta, sedienta de colores y luces. Casi como tú. O como yo. Que no teníamos más que sed. De arte, de amor, de vida, de nosotros, juntos y separados pero convergiendo, al fin, en el mundo de ambos. Sed de inventar a cada instante ese universo para hacerlo volar por encima de lo convencional o lo cuantificable. De lo predecible o lo masticado en las innumerables conversaciones con aquellos que no nos comprendían. Aquellos que pensaban que estábamos locos y que decían que el mundo no podía inventarse. Los mismos que nos provocaban la sonrisa malévola. La que nos hacía cómplices en nuestra particular locura de vivir.

Y yo, más diminuta que tú en todo, ocupando mi pequeño espacio. Embutida igual, pero dos cuartos más acá, sin brochas ni botes de pintura ni alfombras blancas. Sólo mil hojas de papel amontonadas y media docena de lápices de color, mordidos todos, sobre una mesa mellada de patas que encontramos por ahí, en el establo de al lado, y que se convirtió en mi territorio-diario-infranqueable sólo hasta el momento en que te acercabas por detrás a mirar en silencio y yo hacía como que no me daba cuenta. Me hacía la importante para que tú no te fueras y me tocaras y tu aliento me diera su impresión así, importante, como lo eras tú.

No sabíamos dormir. O sabíamos, pero nunca había tiempo y, si lo había, era siempre a destiempo. Aunque nos daba igual porque lamíamos las horas para sacarle todo el jugo a la pintura, a la lectura, a amarnos, a escribir, a amarnos de nuevo, a reír, comer y llorar juntos y exprimirnos chorreando en caramelo hasta que caíamos rendidos sin manecillas de reloj pellizcándonos el trasero. El tiempo no existía. O no queríamos que existiera y lo mordíamos sin piedad hasta dejarnos los dientes en el afán de disfrutar nuestra historia. Y la disfrutamos, sorbiéndola hasta atragantarnos de invierno, de frío y de nosotros mismos.

Tengo más imágenes por aquí. Y me queda algún boceto y un par de lienzos tuyos que han sobrevivido a la especulación y a la acidez de las mudanzas de estos diez años en que, más que inventar el mundo, ha sido él el que me ha ido inventando a mi, amasándome en una especie de pasta viscosa de coherencia, gris, rancia de arena y saliva enquistada en la que, de puro diluirme, ya no me reconozco.

Y sin saber exactamente por qué, resulta que cada día, justo antes de que el maldito reloj me pellizque insolente las nalgas, me asomo de nuevo a aquel frío, a tu silueta de escarcha incrustada en mi piel y a tu mirada, aún importante…

Juego 3º

Dragon3_1

Una vida entera intentando recordar de dónde vengo. Una vida entera y lo cierto es que nunca recordaré nada, porque nada hay antes que yo. Soy un sueño que nació de otro sueño que nació de otros mil. Una vida entera ansiando un origen, una raíz a la que aferrarme y descansar, por fin, de no ser nada. Llevo siglos esperando que alguien decida no irse jamás, para poder permanecer y olvidarme de que, en realidad, no existo.

Ella me guardaba en una caja de cartón que olía a lavanda recién cortada, entre papeles de seda arrugados, encajes, postales amarillas y lágrimas de cristal que coleccionaba desde siempre. Cada vez que abría la caja y me dejaba salir, su cara se iluminaba y sus manos, frágiles y temblorosas, se tornaban firmes y cálidas. Magia. Yo solo tenía que posar mis patas y entonces ella me subía hasta sus ojos y me regalaba un reflejo de mí. Qué raro y qué feliz me sentía mirándome a un espejo…

A pesar de lo que se comentaba en los pasillos, ella era tierna. Lo era, pero ellos nunca lo supieron. Ninguno de los que tenían que cuidarla quiso saberlo. Sólo yo disfrutaba de su mirada. Cada vez que me miraba, ella me vestía de colores distintos y me acariciaba con extrema dulzura, suavizando mis aristas y mis escamas rugosas, endurecidas y grises. Me dejaba llevar escuchando su voz. Me hablaba y cantaba en susurro, sólo a mí, aunque sé que lo hacía para no olvidarse de hablar. Por eso yo ronroneaba y me deslizaba en su sueño haciéndome imagen, suspiro, instante real para que no se fuera y quedarme. Yo, ronroneando. Quién iba a decírmelo.

No tuve que ganar ninguna batalla para ganarla a ella. Fue tan fácil. Tan sólo tenía que estar atento. Estar. Yo era su salvación, su punto de referencia. Su romper batas blancas y medicinas. Su retorno a la vida. Esta vez la batalla era de ella y yo sólo era su historia, su memoria. La que poco a poco estaba olvidando.

Ha sido mi última existencia. Ahora necesito a alguien que busque un dragón. Un dragón al que aferrar sus sueños. Pronto abrirán la caja y ella no estará para mirarme.

Juego 2º

Tren1

Rompía a llorar sin preocuparse de lo que desperdiciaba. Derrochando gemidos y secreciones; como si tuviera en el pecho un submarino de retal de sombrero de mago. Nadie podía escucharla al paso del tren, cuando el tedio se hacía terremoto justo a las 5:12 de la tarde, saturando de ruido infernal su vacío de cristales rotos.

De jueves a domingo lloraba mejor. El interminable mercancías reptaba cansado sobre el óxido. El resto de los días tenía que llorar deprisa: el tren era ligero; sólo un par de vagones atestados de carne viva lista para el matadero municipal.

Veloz, justo a las 5:10 abría puertas y ventanas y se colocaba en el epicentro de la casa para esperar impaciente y alerta. Y al paso del tren gemía y lloraba con todas sus fuerzas, endemoniada, retorciéndose en dolor sin saber bien el por qué. Por el llanto pendiente del sábado o por el que no lloraban otros o por el que aún no tenía razón para el miércoles siguiente o, incluso, por el que aquella tarde sí tocaba llorar.

Las causas y los efectos se le anudaban a las manos en el minúsculo bolsillo azul del delantal, marsupio abominable en el vientre de caracola. Y así, cada día paría tristeza. Pero no era antes ni después, sino a las 5:12 de la tarde. Un único instante en el que el mundo por fin enmudecía para su antojo.

Casi al final, la libertad sólo era décimas de segundo. Cambiaron la vía por la del tren de alta velocidad, insonora, inodora e insípida. Entonces, intentó llorar tres o cuatro veces más y, después, perdió las ganas...

Juego 1º

Loser_2

Gusano. Estoy segura de que, en otra vida, yo fui gusano. De otra manera, hoy no me sentiría tan “en la piel” de uno de esos bichos. Tan mimetizada, tan pisoteable, tan desgraciada.

Hasta que recordé lo ocurrido, todo iba bien o, al menos, todo transcurría dentro de lo habitual y rutinario. Hoy es lunes. Los lunes de mi vida desde hace cuatro años son días que nunca vienen solos. Son lunes-resaca. O lunes‑fantasma, cuando esa misma resaca rebosa por los poros y entro en catatonia y desaparezco de todo y de todos. Hoy tenía que haber sido uno de esos pero, desafortunadamente, las píldoras han hecho efecto y me han permitido asearme y vestirme sin caer desplomada e, incluso, llegar hasta aquí con un aspecto medianamente aceptable. Aspecto de lunes, como el de los demás. Simplemente, de lunes.

Esta ciudad es enorme. Inmensa. Sobre todo para los gusanos. Dos puntos en este espacio, tan desoladamente habitado, jamás podrían tocarse. Ni por cercanía, ni por ganas. La soledad es lo que reina en esta ciudad sola llena de gente sola que ha perdido las ganas de acercarse a nada. Mucho menos de acercarse a cualquier ser semejante.

El tipo tenía ese aire que traen los que no son de aquí. Al menos, eso adiviné entre los focos ahogados del local y los efluvios del alcohol que yo portaba a modo de aura.  Soy patética, pero nadie me lo había dicho antes al verme en esas condiciones. Ni los mejores amigos, ni los peores amantes. Y él lo hizo en cuanto clavó su mirada en mis párpados tras recoger del suelo mi foulard azul e intentar ponerlo en mi mano. Yo no era capaz, siquiera, de atraparlo. Por eso él me pareció tan extraño a todo lo mío, tan interesante. Noté que, lejos de ser despectivo, su mirada tenía cierto toque, no sé bien si de interés o de preocupación. Y hacía tanto tiempo que nadie me miraba así, tanto tiempo que yo no era la protagonista de la mirada de nadie, que quizás por eso me lancé —sin pensarlo— a iniciar una conversación, arriesgándome a perder la dignidad que me quedaba si abría la boca para pronunciar una sola palabra.

Su aspecto era distinguido, aunque tenía cierto toque informal que lo hacía amigable. Intenté, al menos, mantenerme erguida y no perder la compostura mientras hablábamos, pero en varias ocasiones tuvo que ayudarme a recomponer mi figura sobre aquel maldito taburete alto. Sin embargo, su naturalidad era tan extraordinariamente natural que hizo que todo fuera tranquilo, sosegado y familiar. No alcanzo a recordar las horas que estuvimos hablando de casi todo porque, desde que instaló su sonrisa en mi espacio, la encadené al nudo que tenía en mi garganta y las palabras fluyeron como cascadas que se desmayaban por los bordes de la pequeña mesa redonda que me escudaba. En un radio de dos metros sólo estaba su mirada y mi carne viva. El resto era neutro.

En lo que recuerdo, desde que empecé esta vida nunca había tenido un sueño semejante. Mucho menos una realidad.  Por eso me pellizcaba los muslos bajo la mesa —creyendo que él no lo notaba— para comprobar que el alcohol no me había saturado aún la percepción y que aquello era lo que estaba ocurriendo y no lo que yo quería ver. Pero él ya había vivido mi vida antes que yo y sabía de antemano cada movimiento, cada suspiro y cada pensamiento retenido en mis labios. Me lo había dicho. Me confesó que lo dejó aun a sabiendas de que su vida seguiría siendo igual de ruin e improductiva.

Paseamos. En un par de horas dimos la vuelta al mundo y hubiéramos dado otra más si su reloj no hubiera fracturado de pronto el amanecer más bello que nunca he tenido. La luz del sol empezaba a colarse a través de las fachadas mientras el alcohol  se evaporaba lento de mi piel bajo su abrazo y los tambores iniciaban su recital, aún lejanos.

En mi portal, intercambio rápido de teléfonos y un beso tierno de los que dejan ganas. Cerré el portón y vi cómo se alejaba tras los barrotes, girando la cara y sonriéndome mientras yo trataba de atrapar con mi mano su figura en el cristal. Y después, ya en casa, todo se vino abajo. Me maldije en la última copa. Tres últimas copas que me derramaron en la cama sin tan siquiera darme la oportunidad de llorar conscientemente.

Basura llama a basura. El camión no dejó de gritar que ya era la hora y tuve que levantarme y arrastrarme hacia el baño casi a tientas. Los cañones que me separan del mundo estaban en plena sinfonía pero, desafortunadamente, las píldoras hicieron su efecto y pude llegar hasta aquí, con aspecto de lunes, como el de todos los demás.

Hubiera jurado que en esta ciudad las casualidades no existen, porque es imposible que dos puntos se encuentren, sobre todo, si ambos están prácticamente en el vacío. Pero al ver su cara frente a mí hace escasamente dos minutos, toda la teoría se me ha desplomado sobre el vientre que hoy llevo del revés. Ésta no sólo existe sino que, además, hasta trae de la mano un nuevo tormento.

Y la puta música de fondo era "Lucía, le presento a su nuevo jefe, el Sr. ........"

Madrid

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