Gusano. Estoy segura de que, en otra vida, yo fui gusano. De otra manera, hoy no me sentiría tan “en la piel” de uno de esos bichos. Tan mimetizada, tan pisoteable, tan desgraciada.
Hasta que recordé lo ocurrido, todo iba bien o, al menos, todo transcurría dentro de lo habitual y rutinario. Hoy es lunes. Los lunes de mi vida desde hace cuatro años son días que nunca vienen solos. Son lunes-resaca. O lunes‑fantasma, cuando esa misma resaca rebosa por los poros y entro en catatonia y desaparezco de todo y de todos. Hoy tenía que haber sido uno de esos pero, desafortunadamente, las píldoras han hecho efecto y me han permitido asearme y vestirme sin caer desplomada e, incluso, llegar hasta aquí con un aspecto medianamente aceptable. Aspecto de lunes, como el de los demás. Simplemente, de lunes.
Esta ciudad es enorme. Inmensa. Sobre todo para los gusanos. Dos puntos en este espacio, tan desoladamente habitado, jamás podrían tocarse. Ni por cercanía, ni por ganas. La soledad es lo que reina en esta ciudad sola llena de gente sola que ha perdido las ganas de acercarse a nada. Mucho menos de acercarse a cualquier ser semejante.
El tipo tenía ese aire que traen los que no son de aquí. Al menos, eso adiviné entre los focos ahogados del local y los efluvios del alcohol que yo portaba a modo de aura. Soy patética, pero nadie me lo había dicho antes al verme en esas condiciones. Ni los mejores amigos, ni los peores amantes. Y él lo hizo en cuanto clavó su mirada en mis párpados tras recoger del suelo mi foulard azul e intentar ponerlo en mi mano. Yo no era capaz, siquiera, de atraparlo. Por eso él me pareció tan extraño a todo lo mío, tan interesante. Noté que, lejos de ser despectivo, su mirada tenía cierto toque, no sé bien si de interés o de preocupación. Y hacía tanto tiempo que nadie me miraba así, tanto tiempo que yo no era la protagonista de la mirada de nadie, que quizás por eso me lancé —sin pensarlo— a iniciar una conversación, arriesgándome a perder la dignidad que me quedaba si abría la boca para pronunciar una sola palabra.
Su aspecto era distinguido, aunque tenía cierto toque informal que lo hacía amigable. Intenté, al menos, mantenerme erguida y no perder la compostura mientras hablábamos, pero en varias ocasiones tuvo que ayudarme a recomponer mi figura sobre aquel maldito taburete alto. Sin embargo, su naturalidad era tan extraordinariamente natural que hizo que todo fuera tranquilo, sosegado y familiar. No alcanzo a recordar las horas que estuvimos hablando de casi todo porque, desde que instaló su sonrisa en mi espacio, la encadené al nudo que tenía en mi garganta y las palabras fluyeron como cascadas que se desmayaban por los bordes de la pequeña mesa redonda que me escudaba. En un radio de dos metros sólo estaba su mirada y mi carne viva. El resto era neutro.
En lo que recuerdo, desde que empecé esta vida nunca había tenido un sueño semejante. Mucho menos una realidad. Por eso me pellizcaba los muslos bajo la mesa —creyendo que él no lo notaba— para comprobar que el alcohol no me había saturado aún la percepción y que aquello era lo que estaba ocurriendo y no lo que yo quería ver. Pero él ya había vivido mi vida antes que yo y sabía de antemano cada movimiento, cada suspiro y cada pensamiento retenido en mis labios. Me lo había dicho. Me confesó que lo dejó aun a sabiendas de que su vida seguiría siendo igual de ruin e improductiva.
Paseamos. En un par de horas dimos la vuelta al mundo y hubiéramos dado otra más si su reloj no hubiera fracturado de pronto el amanecer más bello que nunca he tenido. La luz del sol empezaba a colarse a través de las fachadas mientras el alcohol se evaporaba lento de mi piel bajo su abrazo y los tambores iniciaban su recital, aún lejanos.
En mi portal, intercambio rápido de teléfonos y un beso tierno de los que dejan ganas. Cerré el portón y vi cómo se alejaba tras los barrotes, girando la cara y sonriéndome mientras yo trataba de atrapar con mi mano su figura en el cristal. Y después, ya en casa, todo se vino abajo. Me maldije en la última copa. Tres últimas copas que me derramaron en la cama sin tan siquiera darme la oportunidad de llorar conscientemente.
Basura llama a basura. El camión no dejó de gritar que ya era la hora y tuve que levantarme y arrastrarme hacia el baño casi a tientas. Los cañones que me separan del mundo estaban en plena sinfonía pero, desafortunadamente, las píldoras hicieron su efecto y pude llegar hasta aquí, con aspecto de lunes, como el de todos los demás.
Hubiera jurado que en esta ciudad las casualidades no existen, porque es imposible que dos puntos se encuentren, sobre todo, si ambos están prácticamente en el vacío. Pero al ver su cara frente a mí hace escasamente dos minutos, toda la teoría se me ha desplomado sobre el vientre que hoy llevo del revés. Ésta no sólo existe sino que, además, hasta trae de la mano un nuevo tormento.
Y la puta música de fondo era "Lucía, le presento a su nuevo jefe, el Sr. ........"