Calamar de Cristal
Siempre le duele. Cree que su rosario de fracasos ha conseguido inmunizarle la emoción y el sentimiento. Se siente protegida contra ataques a traición. Contra emboscadas. Marina quiere hacerme creer que lo sabe casi todo. Pero resulta que su estómago necesita una dosis diaria de protector especial para digerir lo que le pasa. Dosis que siempre le falta -o toma a destiempo- porque anda de aquí para allá regalándose a los impulsos. Dejándose llevar por la intuición o las ganas. Pero el desprecio duele en punzada aguda. Como el chirrido ronco de las puertas. Esas que se le abren con manojos de sonrisas colgados en los pomos y que, justo antes del paso interior, se le cierran de golpe en la naríz. Sin gestos, sin sonrisas, sin nada. Puertas que le rompen en dos la mandíbula y el saludo en la décima de segundo en la que se pregunta a sí misma si realmente está. Porque se ve transparente. Calamar de cristal, dice. Algo que no es. Que no se nota.
Y eso duele. Aunque ya no salga de casa sin el rosario anudado en el alma. Aunque decida girarse y caminar hacia otro lado palpándose las costillas, las nalgas o la nariz amoratada para ver si es o no, sabiendo que ya no permanece, mientras la huella de su interrogante se graba a cincel en la superficie rugosa y áspera que, ahora, le queda a la espalda.
Hay ojos demasiado sensibles.
Ojos que se elevan sobre los umbrales.
Serán ojos superlativos, Marina.
O gente que, en lugar de caminar, levita y no ve nada.
Sí, serán...


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