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Juego 4º

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Había noches en las que emborracharse a besos no era suficiente. ¿Recuerdas? Teníamos que incrustarnos el uno en el otro como si fuéramos la carne y el mechado, una vez tú, una vez yo, porque el frío —o la ansiedad— hacían que nos castañetearan los dientes y que los labios se nos pusieran morados. Recuerdo eso más que las innombrables canciones que tanto te gustaban y que atronaban la casa. O que el calor fugaz del café. Café amargo para noches dulces, pero heladas, donde las mañanas no existían más que para encender la chimenea y regresar al sabor de la piel mientras todo se calentaba sólo en tres o cuatro metros a la redonda.

Guardo imágenes. Tú, embutido en tela, embadurnando los lienzos que se desperdigaban por el suelo de dos cuartos más allá. Lienzos blancos colocados estratégicamente como los dientes de una inmensa boca abierta, sedienta de colores y luces. Casi como tú. O como yo. Que no teníamos más que sed. De arte, de amor, de vida, de nosotros, juntos y separados pero convergiendo, al fin, en el mundo de ambos. Sed de inventar a cada instante ese universo para hacerlo volar por encima de lo convencional o lo cuantificable. De lo predecible o lo masticado en las innumerables conversaciones con aquellos que no nos comprendían. Aquellos que pensaban que estábamos locos y que decían que el mundo no podía inventarse. Los mismos que nos provocaban la sonrisa malévola. La que nos hacía cómplices en nuestra particular locura de vivir.

Y yo, más diminuta que tú en todo, ocupando mi pequeño espacio. Embutida igual, pero dos cuartos más acá, sin brochas ni botes de pintura ni alfombras blancas. Sólo mil hojas de papel amontonadas y media docena de lápices de color, mordidos todos, sobre una mesa mellada de patas que encontramos por ahí, en el establo de al lado, y que se convirtió en mi territorio-diario-infranqueable sólo hasta el momento en que te acercabas por detrás a mirar en silencio y yo hacía como que no me daba cuenta. Me hacía la importante para que tú no te fueras y me tocaras y tu aliento me diera su impresión así, importante, como lo eras tú.

No sabíamos dormir. O sabíamos, pero nunca había tiempo y, si lo había, era siempre a destiempo. Aunque nos daba igual porque lamíamos las horas para sacarle todo el jugo a la pintura, a la lectura, a amarnos, a escribir, a amarnos de nuevo, a reír, comer y llorar juntos y exprimirnos chorreando en caramelo hasta que caíamos rendidos sin manecillas de reloj pellizcándonos el trasero. El tiempo no existía. O no queríamos que existiera y lo mordíamos sin piedad hasta dejarnos los dientes en el afán de disfrutar nuestra historia. Y la disfrutamos, sorbiéndola hasta atragantarnos de invierno, de frío y de nosotros mismos.

Tengo más imágenes por aquí. Y me queda algún boceto y un par de lienzos tuyos que han sobrevivido a la especulación y a la acidez de las mudanzas de estos diez años en que, más que inventar el mundo, ha sido él el que me ha ido inventando a mi, amasándome en una especie de pasta viscosa de coherencia, gris, rancia de arena y saliva enquistada en la que, de puro diluirme, ya no me reconozco.

Y sin saber exactamente por qué, resulta que cada día, justo antes de que el maldito reloj me pellizque insolente las nalgas, me asomo de nuevo a aquel frío, a tu silueta de escarcha incrustada en mi piel y a tu mirada, aún importante…

Juego 3º

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Una vida entera intentando recordar de dónde vengo. Una vida entera y lo cierto es que nunca recordaré nada, porque nada hay antes que yo. Soy un sueño que nació de otro sueño que nació de otros mil. Una vida entera ansiando un origen, una raíz a la que aferrarme y descansar, por fin, de no ser nada. Llevo siglos esperando que alguien decida no irse jamás, para poder permanecer y olvidarme de que, en realidad, no existo.

Ella me guardaba en una caja de cartón que olía a lavanda recién cortada, entre papeles de seda arrugados, encajes, postales amarillas y lágrimas de cristal que coleccionaba desde siempre. Cada vez que abría la caja y me dejaba salir, su cara se iluminaba y sus manos, frágiles y temblorosas, se tornaban firmes y cálidas. Magia. Yo solo tenía que posar mis patas y entonces ella me subía hasta sus ojos y me regalaba un reflejo de mí. Qué raro y qué feliz me sentía mirándome a un espejo…

A pesar de lo que se comentaba en los pasillos, ella era tierna. Lo era, pero ellos nunca lo supieron. Ninguno de los que tenían que cuidarla quiso saberlo. Sólo yo disfrutaba de su mirada. Cada vez que me miraba, ella me vestía de colores distintos y me acariciaba con extrema dulzura, suavizando mis aristas y mis escamas rugosas, endurecidas y grises. Me dejaba llevar escuchando su voz. Me hablaba y cantaba en susurro, sólo a mí, aunque sé que lo hacía para no olvidarse de hablar. Por eso yo ronroneaba y me deslizaba en su sueño haciéndome imagen, suspiro, instante real para que no se fuera y quedarme. Yo, ronroneando. Quién iba a decírmelo.

No tuve que ganar ninguna batalla para ganarla a ella. Fue tan fácil. Tan sólo tenía que estar atento. Estar. Yo era su salvación, su punto de referencia. Su romper batas blancas y medicinas. Su retorno a la vida. Esta vez la batalla era de ella y yo sólo era su historia, su memoria. La que poco a poco estaba olvidando.

Ha sido mi última existencia. Ahora necesito a alguien que busque un dragón. Un dragón al que aferrar sus sueños. Pronto abrirán la caja y ella no estará para mirarme.

Madrid

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