Rompía a llorar sin preocuparse de lo que desperdiciaba. Derrochando gemidos y secreciones; como si tuviera en el pecho un submarino de retal de sombrero de mago. Nadie podía escucharla al paso del tren, cuando el tedio se hacía terremoto justo a las 5:12 de la tarde, saturando de ruido infernal su vacío de cristales rotos.
De jueves a domingo lloraba mejor. El interminable mercancías reptaba cansado sobre el óxido. El resto de los días tenía que llorar deprisa: el tren era ligero; sólo un par de vagones atestados de carne viva lista para el matadero municipal.
Veloz, justo a las 5:10 abría puertas y ventanas y se colocaba en el epicentro de la casa para esperar impaciente y alerta. Y al paso del tren gemía y lloraba con todas sus fuerzas, endemoniada, retorciéndose en dolor sin saber bien el por qué. Por el llanto pendiente del sábado o por el que no lloraban otros o por el que aún no tenía razón para el miércoles siguiente o, incluso, por el que aquella tarde sí tocaba llorar.
Las causas y los efectos se le anudaban a las manos en el minúsculo bolsillo azul del delantal, marsupio abominable en el vientre de caracola. Y así, cada día paría tristeza. Pero no era antes ni después, sino a las 5:12 de la tarde. Un único instante en el que el mundo por fin enmudecía para su antojo.
Casi al final, la libertad sólo era décimas de segundo. Cambiaron la vía por la del tren de alta velocidad, insonora, inodora e insípida. Entonces, intentó llorar tres o cuatro veces más y, después, perdió las ganas...