De noche elevo las manos al azul y rompo paciente cáscaras de estrella, desgranándolas una a una por ver si te encuentro.
Mis manos, desarmadas y abiertas, como altar de sacrificio donde se pudren los sueños en montón desbaratado, me devuelven solamente el vacío infinito.
Y no emerges a mí, ni tan siquiera te muestras. Pero me envuelven murmullos enmudecidos en saliva de pretérito, ungüento estéril de deseo para máscaras en descomposición.
El silencio acobarda dando marcha atrás a la ternura...
¿Y qué hago, sino dejar que el corazón se desgaje y perderlo en el camino a trozos para poder regresarte?
Necesito voces, gritos descarados rompiendo en catarata de cristal hasta que me dé igual que la niebla en arena destroce mi cara de nuevo.
Voces para no estar más deshabitada...
O llorando en escaleras de agua hacia los límites de tu ausencia.
Me sangras, sí, como amapola en barbecho derritiéndose en rojos.

