Toqué fondo. Palpé a manos llenas el barro y sentí que era real. Jugué con él entre mis dedos. Lo hice volar y vi que se difuminaba en mi espacio haciéndose infinito. Palpé de nuevo y, de nuevo, jugué con él. Flotaba y lo nublaba todo. Se mezclaba en partículas microscópicas con el agua que, entonces y sólo entonces, sentí me ahogaba. Tardé demasiado en darme cuenta. Me avisó el instinto o tal vez la gana por ver un poco más allá de la jaula que yo misma había creado. El absurdo me obligó a buscar firme y darme impulso para iniciar el viaje de regreso a mi propio nacimiento.

A duras penas he buceado hacia la luz, aspirando, en ocasiones, oxígeno de la nada, en otras, extirpando el ánimo del hilo de algún sueño extraviado entre las algas. Hay más figuras junto a mi pero sólo a una llevo de la mano. De sobra sé que dificulta mi ascenso. Pero no la soltaré aunque mi última bocanada sea para dejar el aire entre sus labios y mi cuerpo inerte mute en balsa para su descanso. Las otras siluetas sólo vagan a mi alrededor, ensimismadas o con la mirada perdida. Estáticas. Traidoras.
Entrego la llave y con ella las ilusiones, el sufrimiento, la autodestrucción y el sacrificio de tanto tiempo atrás. Por una parte, me libero. Por la otra siento algo indescriptible... Miedo... Tristeza... El proyecto se quebró en algún punto que ya ni siquiera importa. Y aunque no tenía que haber sido así, no hay marcha atrás.
Y ahora vendrán cambios. Giros, bucles y nuevas perspectivas. Otros círculos y otras rutinas que no sé aún si sabré llevar sobre mi espalda. Hoy estoy cansada y sin embargo, no puedo quedar bloqueada. Estancada en lo que hoy hay por no mirar lo que viene. O por temer salir y respirar de nuevo. Hace tanto tiempo que no respiro...
Un tenue rayo me baña. La superficie está cerca. Empieza a hacer calor. Debería estar ansiosa por llegar. Si. Debería estar feliz. Y sin embargo, siento que en el último instante ya no seré yo quien salga. Pero no hay vuelta ni tiempo para dudar. No hay balanzas ni juicios sumarísimos. Qué importa lo perdido si la distancia ya es sólo agua y el momento es éste. El techo se mueve, se abre y explota en miles de colores, en millones de burbujas irisadas. Me envuelvo. Ya no pienso. Me cubro de aire y me dejo llevar. Siento. Ahí están, por fin. Ahí están las sonrisas que hace tanto me esperaban. Por fin la calma. El sosiego.



