El suelo se deshace en partículas encendidas, retales quemados de alma derrotada. Moléculas derramadas en todas direcciones, que se regeneran alevosas y se expanden al infinito. Gritos que no piden suspiros de luz, sino que reclaman el derecho de unas manos y un instante de piel que los resguarde, esta noche, de la luna índigo-azulada.
Es entonces cuando la tristeza se abate porque no encuentra la forma de emerger hacia lágrimas que hoy no son las suyas. Existencia infértil y baldía... torpeza que no puede acompañarlas en su trayecto hacia la nada, ni caer silenciosa con ellas al incierto. Y los rincones compartidos, vergeles fecundos, se transfiguran y metamorfosean en vacíos hipotecados a la escarcha congelada y a la maldición del océano-enemigo-intransferible.
¡Que mis manos germinen!!, que crezcan como raíces sedientas y se eleven al éter. Que se enreden furiosas en una estrella del ocaso y me regresen a esa parte de tu espacio que aún es mía.
Un instante para la calma. Un momento para, en silencio, bañarte de azahar y brisa mediterránea que secuestre y repudie el temor enquistado en tu universo.
Un solo instante de refugio entretejido...
De murmullos de aliento y corazón sincronizado...


