Pues sí, me gusta... y además me pone contenta, que falta me hace hoy...

Miyavi - Selfish Love

Miyavi - Are you ready to Rock?

Miyavi - Señor, señora, señorita

Miyavi - Hi No Hikari sae todokanai kono basho de ft.SUGIZO (con subtítulos de Alejandro Muñoz... para enterarnos de algo...)

Deshielo

Es obvio que éstas son noches de calles vacías que se diluyen en olvido. Si me fijo, paradójicamente el deshielo va congelando los pasos que todavía tú y yo no hemos dado. A la vez llueve y el torrente baja por la avenida como una inmensa lágrima que amasa y empaqueta basuras y esqueletos. Recuerdo cuando llorábamos juntos en sincronía de reloj de nieve. De nieve, sí, porque entonces todo era frío. Todo, salvo el pequeño instante imaginario entre tus muslos.

Pero hoy nada se salva. Y ahora la lágrima devora los adoquines, se quiebra y satura las grietas que encuentra a su paso, ahogando así la luz y el aire de las alcantarillas. Las ratas saltan intentando escapar y yo sigo con los dedos el ritmo del número, mientras miro desde la ventana el vendaval que se levanta en espirales...

... sin dejar de pensar en lo que puede significar todo esto.

Equilibrista M.

Otro día en el mundo. Vetusta Morla

Cualquier cosa que pueda decir sobre ellos, está de más.

Sólo disfrútalo.

Tears_became_diamonds_jandira_git_4

[...]

No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré cómo se marcha hacia su sino.

Si su sino soy yo, te está esperando.

Pedro Salinas, "Dame tu Libertad"
Foto: "Tears became diamonds", Jandira Gitirana Praia

Esferas y pompas de jabón. La palabra se rompe en medio del adiós. Tú sigues buscando lo que no poseo y en el umbral del silencio todo se hace maraña. Aún eres transparente de materia y a mí ya sólo me queda provocarte. Hoy me ciño a lo que tengo: fotos veladas y recuerdos que exprimo con rabia por si sangran y ahogan, en el rojo, el deseo de tenerte. Demasiado tiempo para acabar contigo. Para borrar toda la ausencia de ti que me empapa.

Tal vez deberías mirarme por encima del hombro y por debajo de la cintura. Así sería más fácil.

Era volar. Amanecer desnuda de angustia al calor de los pliegues. Era la desgana de vestir armadura y escudo. La carne viva voluntaria. Era amar y vivir abandonando la ceguera del no sentir por no sentirse herida.

Las ventanas se cierran y empieza el bailoteo de las cosas huecas. De lo intrascendente a lo que te agarras para no verte vacío. Las batallas son un buen pasatiempo cuando nada llena lo suficiente. Y huyes de la realidad hacia la realidad paralela que tú mismo te has creado, alrededor de esa confusión reconfortante donde tu espada difumina su empuñadura. Y los daños colaterales son dogmas. Ignorante. Eso no importa en un sueño que ya no puedes soñar. No dejas vivir ni vives. Porque ahora ni siquiera eres tú.

Lástima. Estás encadenado y, además, lo sabes.

Balanceos

No supe que tenía roto el corazón hasta que salió de la casa como un rayo y, sin vacilar, cruzó la calle buscando el rojo del semáforo.

Cada uno de los peldaños que sube hacia la casa es una metáfora de lo que falta por vivir. Nadie cierra la ventana del último descansillo, que siempre está abierta.

Mi pez me mira con ojos de globo-sonda. Intenta adivinar el porqué de esta cicatriz interminable que me cruza el pecho desde que la puerta se cerró de golpe. Mientras le doy de comer se lo explico en bocanadas, pero no me entiende. Ese interrogante en su cara terminará por devorarlo. Como a mí.

En la estantería sólo había antiguos juguetes de metal pintado y una caja enorme de tiritas de tela. Allí todo estaba previsto. Todo, menos el sonido de las campanas del carrillón del final del pasillo.

Me quedo con la noche, con lo primario, con lo despojado de la vanidad y de las frustraciones ahogadas. Me quedo con las lágrimas, con la reacción incontrolada y con los vómitos de angustia en brazos de otros. La pose prefabricada, la del pleno sol suele agrietarse en cimientos y, al final, termina por caer... Prefiero lo natural aunque, hoy por hoy, no se lleve.

¿Será?

... y en eso me dijo Oz:

"Los humanos son como los perros. Si no les enseñas con el periódico enrollado o con galletas de premio, no aprenden"

... y resulta que, a lo mejor, hasta tiene razón...

Sin Título

Tarán..

Tiene una extraña manera de exhalar interminables bocanadas de humo y, cuando ya casi no le queda gota de aire en los pulmones, tararea entre dientes con los ojos perdidos.

Quizá sean los torbellinos de niebla que inundan el local, pero yo nada más puedo verlo en blanco y  negro. Tal vez él sólo es posible así, al estilo de las películas de los cincuenta, de buenos y malos, de gángsteres y policías. Y eso que él no parece gángster ni policía, ni bueno ni malo. O mejor dicho, no del todo. La dicotomía, en su caso, está en la mirada que esconde tras los mechones azabache que se le desmayan más allá de los hombros. Mirada blanca, tan sólo a veces.

Hay días convencionales. Aparentemente transparentes. De sonrisa larga a media tarde. Sonríe a la puta de turno que le mira con ojos de princesa enamorada. O a la amiga que esconde su cobardía bajo un disfraz imposible para conseguir tan sólo un par de caricias huecas y un viaje de minutos fuera del aburrimiento cotidiano. En esos días la sonrisa se le derrama entre las comisuras cuando entra y llena el espacio con su figura enorme, excesiva, enfundada en la gabardina negra que en tantas apuestas hemos intentado ganarle, primero la muerte y luego yo. Sonríe cuando busca la mesa del rincón y cuando me pide, descolgando el brazo de la cintura que toca esa vez, dos vodkas con limón bien cargados y un platillo de almendras amargas encostradas de sal. Metáfora que me avisa de que tampoco en esa ocasión podré ganarle. Me dijo hace tiempo que ninguna de ellas es la que ha de ser, pero le pierde la vanidad o el saberse ocupando un espacio, cualquiera, con tal de no estar sólo.

A mi me gustan sus noches de mirada oscura, profunda como los surcos de su piel, que más que surcos son heridas enquistadas. En esas noches, a solas en su mesa, clava las pupilas en la botella de vodka o de ron o de lo que sea que le haga no sentirse, mientras su mano gigante redibuja la etiqueta una y otra vez convirtiéndola en pentagrama de su angustia. Y tararea blues que no son de John Lee Hooker. Blues que sólo él descifra. Enigmas cósmicos que le emanan de las vísceras y que constantemente retiene entre los dientes para realimentarse de lo que ya no tiene dentro.

Desde la barra veo cómo se va deshilachando en una especie de quejido silencioso que le deforma el gesto y le abstrae en algún pensamiento que no adivino. Hasta que deja de tararear y me mira cómplice guiñándome un ojo.

Entonces se levanta y se va, fundiéndose en negro hacia el fondo de donde vino.

Equilibrista M.

  • (foto:carlos pereira)

La Casa Deshabitada

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